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I Fought The Law

15-12-2008

1 - Acabo de votar las 10 tesis sobre Feuerbach como candidato a rector de mi universidad. Voto nulo

2 - Hace un año escribí lo siguiente, como introducción a algo que no se sabe qué debería haber sido

Quien no es comunista a los 20, es que no tiene corazón; quien lo sigue siendo a los 40, es que no tiene cabeza. Desde hace años me sorprende que haya gente que siga haciendo una afirmación tan categórica acerca de la conciencia y el compromiso como algo íntimamente ligado a los efluvios juveniles y las hormonas, justamente cuando otra descalificación en ese sentido tiene una orientación diametralmente opuesta: eso es cosa de viejos y nostálgicos.

Pasada de manera justa la barrera de los 30, situado en el meridiano entre las edades marcadas por –casi siempre lo son- el bastante reaccionario refrán, y haciendo una recopilación mental de todos los sujetos adscritos al pensamiento crítico y radical que he conocido en casi tres lustros de activismo, he observado que por lo general sus evoluciones han sido bastante coherentes. Las adscripciones particulares ya varían, o el grado de compromiso e involucración –por lo habitual, nunca cero-, pero el paradigma básico se mantiene: la crítica radical y de base al estado de cosas actual, y ser parte del movimiento real que se le opone.

Sin embargo, en un sentido colectivo, todos conocemos casos de personas que han dado cambios extremos, auténticos bandazos ideológicos de la noche a la mañana. Y nos sorprendemos dado que es más que habitual oír de sus labios las máximas biológicas que he enunciado al inicio de este texto. Cuando me refiero a cambio, estoy indicando un auténtico atravesar el parquet e ir a la otra orilla; una ruptura en el paradigma. Más de una vez le he dado vueltas al asunto y cada vez me hallo más cerca de encontrar, creo, una respuesta.

¿Qué tiene la militancia de positivo? Reflexionar sobre ello no hace más que reafirmarme en un mínimo común denominador: disgustos. La militancia da una cantidad de disgustos que podría minar la paciencia de más de uno. Y sin embargo engancha. Por que no todo es reuniones tediosas, cabrearse con el compañero, o dedicarse a la acción, la agitación y la propaganda. Hay una parte muy seductora que es el aprendizaje como persona y las relaciones sociales. Aprender a ver el camarada como un amigo, en las luchas se forjan lazos difíciles de romper, y de manera muy especial cuando más intensas son éstas. Pienso en huelgas indefinidas, de hambre, encierros prolongados. Por ninguna de ellas he tenido que pasar, pero sé perfectamente qué es preparar una gran movilización con tiempo, con semanas de antelación, y pensar en todas las horas empleadas en preparar la propaganda, en llegar a todos los confines, en hacer distribución de la misma por los centros de estudio o ser el valiente que interviene en una asamblea ajena.

Incluso añadiría una cosa más. La militancia es, aunque suene duro decirlo, el lugar donde también se enrola en un momento dado la gente fácilmente impresionable, de posos ideológicos o de personalidad poco firmes, y con amor por todo lo estético y sentimental que conlleva. Suena muy absoluto, y alguno podría decirme que yo también fui así. Cierto es, pero también esto es un aprendizaje. Y me explico ante la idea dura y rotunda que he enunciado antes. El atractivo del implicarse y especialmente en años universitarios tiene algo de romántico por la construcción social y el mito que se ha generado con ello. Cuadros medios, profesionales, ideólogos del sistema y élite cultural se han encargado de idealizar no solo a determinadas generaciones, sino además dentro de ellas a determinados ámbitos que, paradójicamente, en aquel momento estaban bastante vedados a los hijos de la clase trabajadora. No me gustaría hacer una definición en sentido cerrado, pero sí quiero remarcar que, parte importante de la intelligentsia que se dedica a elaborar hegemonía cultural, en su actividad se incluye construir esos mitos que luego un número elevado del público más ingenuo abraza con una gran facilidad.

Por ello insisto en lo que llevo llamando factor estético. La gente que suele abandonar el barco no adopta un compromiso real, sino asume un mito –y insisto en ello, dado que los mitos son lo opuesto a la razón- y una categoría estética personal acorde con un entorno social o lo que se supone es un periodo vital. No sufren las injusticias como propias, o al menos se engañan sobre ellas. Probablemente ni las vivan, o las vean desde la barrera, o consideren que con la edad adulta se acabaron las chorradas, cuando es el momento donde de facto se inician todos los auténticos problemas y donde más se vive el hecho de que vivamos en una sociedad clasista y con unas clases populares, asalariadas, e incluso propietarias cada vez más depauperadas. El que asume exclusivamente un rol estético, nunca acogerá el componente ético que debe acompañarlo. Nunca asumirá una cierta continuidad ni en la praxis ni en las ideas, porque al carecer de base ética real, principios o bases sólidas se deja engatusar con facilidad: se deja impresionar. Probablemente siempre quiso vender más la imagen de rebelde incluso por una cuestión de conflicto generacional dentro de la familia, que no por tomar partido. En ocasiones el asumir solo este lado superficial hace costoso aceptar en el día a día según qué compromisos reales o tareas cotidianas a los ojos de los demás. Da pereza pero debo hacerlo porque sino qué pensaran de mí. Y atención, que no estoy hablando de exigir auténticos revolucionarios profesionales toda la puñetera vida. Puede uno ahogarse por las circunstancias vitales; por una vida cotidiana cada vez más aplastada por el aumento de horas de trabajo –esto es, producir más, con todas las consecuencias que conlleva de maximización de plusvalías- y con falta de espacios durante el día dedicados al ocio, a la vida social, y dentro de ésta la vida asociativa. Puede uno dejarse llevar por las circunstancias, pero lo que uno no puede hacer si realmente fue honesto en su momento es cambiarse de acera. Ni los hinchas del fútbol, con todo lo que conllevan de irracional las filiaciones en ese deporte, cambian nunca de equipo; alguien que lo hace directamente no es de fiar. Es una demostración de falta de fidelidad incluso a uno mismo, y despreciable ante los ojos de los que sí fueron sinceros consigo mismos. Un cambio de aires y de edad de la vida puede convertir estas supuestas evoluciones en aceptables en un plano individual, pero la decepción del anterior entorno social seguirá ahí.

Por lo normal, aquellos que efectúan el cambio de paradigma pero a su vez desprecian el componente ético de la militancia, suelen mostrar algunos vicios que los hacen visibles. Cierta tendencia a la charlatanería, ostentación gratuita de conocimientos, dogmatismo, y poco gusto por el trabajo sucio. Estos dejes se conservan en muchas ocasiones tras el cambio de chaqueta, a menos que no haya una transformación de carácter por medio.

En ocasiones me pregunto por qué esa gente hacía lo que hacía. Por qué se metían donde se metían. Yo no digo que la persona que se moja sea un auténtico autómata, pero si realmente no están a la altura, no hace falta que se metan tan a fondo ni acepten asumir tareas dirigentes cuando lo único que van a hacer es buscar protagonismo, y posteriormente decepcionar a la mayoría. Pueden ser uno más de la calle, y no tiene nada de malo. Interesarse por un plan urbanístico, ir a manifestaciones contra los impuestos del agua, ser partícipe sin tener por qué ser ni organizador ni líder: sería su sitio ideal. Pero no: por alguna extraña razón buscan una posición que les permita catar algo de “lo estético” del asunto, y en ciertos casos con voluntad de rentabilizar este aspecto en un sentido individual provechoso.

Es muy curioso como este sistema social disfruta reclutando o amparando a estos conversos para su propaganda cotidiana. Pocos pueden ser tan útiles como ellos, especialmente para reescribir la historia o bien para ocultarla. Y mediáticamente tan presentes, que algunos alcanzan en creer que se trata del gran grueso, del gran “desencanto”. Frente a ello, la mayoría, los que todavía somos, debemos empezar a reconstruir nuestra propia experiencia y difundirla, para que no nos la llenen de barro, no la banalicen, o mejor aún, para que dejen de alimentar el mito del joven atractivo, comprometido y rebelde pasto de un ataque hormonal y de acné. Y por eso me he animado a escribir estas primeras líneas a modo de introducción. Espero que disfrutéis con el resto de ellas.

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3 comentarios

Colibrí Lillith -

Ostras, hacía mil q no entraba en tu blog, ya te has cambiado hasta de servidor! (normal, blogia funciona fatal fatal fatal!).

Me ha encantado este texto. En algo suponog q me doy por aludida, pero creo q en mi caso abandonar la militancia no ha significado abandonar la lucha. Hay demasiados frentes como para abandonarla así como así, jeje. Fantástica tu defensa a la fidelidad, al compromiso firme y duradero, contrario a estos supuestos "sueños de juventud" que se supone q seguirán siendo siempre eso...

En definitiva, q me ha encantado y q me ha conmovido mucho. Te diría q sigas pensando así por mucho tiempo, pero todo apunta a que así seguirás :)
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Terito -

Es muy lindo todo lo que has escrito, y espero, desde Argentina, poder seguir siendo iluminado por tanta claridad frente a lo real del mundo en el que caimos...
Hasta siempre, un gustoso colaborador ;)

DaniG -

Cómo que no se sabe qué debería haber sido! Aún espero tus memorias de juventud!
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